lunes, 31 de marzo de 2014

Hiperconectados, hipertrofiados, hiperlejos


A la hora de llorar hace falta un abrazo. No son suficientes los textos de WhatsApp, ni los mensajes privados en Facebook o Twitter. 

Cuando se presenta el dolor que rompe, hay que estar bien seguros de que alguien que nos ama nos mire a los ojos, y si se puede, nos contenga entre sus brazos. 

Lágrimas, saliva, sudores. Componentes esenciales en el destilado de la vida. 

Nos asusta tanto dejar salir  al animal que somos, que lo hemos acorralado tras la barricada de los medios de contacto digitales. Telecontacto, amor y amistad a distancia. Qué gran catástrofe. La devastación de los vínculos profundos y complejos. 

Nos estamos volviendo expertos en manejar las relaciones de lejos pero también nos estamos volviendo incapaces en la cercanía. De pronto me siento casi nostálgica ante la imagen de una discusión amorosa en una llamada: esa que nos obligaba a levantarnos y salir de los lugares públicos para buscar un poco de privacidad, a tomar el teléfono con las manos temblorosas y pegarlo al oído, llorar, desarmarnos, pedir perdón, escuchar la voz rota del otro y saber que eso también es el amor. Pero tal parece que el triunfo del contacto limpio, aséptico y protegido de los mensajes de texto sobre las llamadas telefónicas se ha consumado. 

Esa extraña incapacidad de tomar el teléfono y hablar, de articular con la propia voz emociones y pensamientos es un síntoma más de este déficit de cercanía, de esta gran falacia que llamamos hiperconectividad. Ya mejor ni hablar del miedo patológico a pararnos delante del otro y mostrarnos vulnerables.

Que estamos más conectados que nunca, que todos podemos tener un millón de amigos y ser “influencers” en redes sociales. Somos víctimas con tal facilidad e inocencia de nuestras perversiones que me resulta escalofriante, funesto. 

Mis amigos reales son aquellos a los que nunca contacto en Facebook porque nos vemos, nos colgamos del cuello para llorar las penas o nos desternillamos de risa juntos. Facebook, Twitter y hasta WhatsApp, que parecen ser la divina trinidad de las relaciones virtuales, sobran como han sobrado siempre las prótesis cuando las relaciones son verdaderas. 

El sábado pasado vi a mi amigo Francisco, caminamos bajo la lluvia a golpe de carcajada como él dice. Me senté delante de él a contarle mis tonterías mientras veía los dedos chuecos de sus manos que están así por aquel accidente del que tanto hemos hablado. Lloré, lloró, peleamos por unos horribles caramelos que nos dieron en el restaurante porque los dos queríamos el de uva. Y nos dijimos te quiero, carnalito;  te quiero, carnalita. 

Cuento con los dedos de una mano–derechitos en mi caso, no como los pinches dedos feos del Francisco- a mis amigos verdaderos y todos tienen algo en común: son tan tercos, tan pasados de moda, tan militantes de sus propias causas y querencias, que se empeñan en marcar el teléfono insistentemente hasta que logramos quedar para vernos.

El escritor guatemalteco Mario Roberto Morales planteó hace pocos años el concepto Intelicidio que sostiene más o menos sobre este eje (cito): 
No creo que antes en la historia haya existido una generación de jóvenes que rechazaran así el conocimiento y elevaran a valor identitario la ignorancia (…) Esta merma en la capacidad analítica es resultado de un intelicidio perpetrado por la sustitución de la cultura letrada por la audiovisual, en vez de utilizar ésta como apoyo y complemento de la primera. Los elementos letrados requieren su desciframiento antes de impactarnos emocionalmente. Esto implica un esfuerzo cerebral que los mensajes audiovisuales no requieren y por eso los jóvenes prefieren ver películas a leer libros. 
Si los jóvenes prefieren ver películas a leer libros, ¿por qué los adultos preferimos los mensajes de texto a las llamadas telefónicas? “Nos peleamos o terminamos por WhatsApp” es una frase que escucho cada vez con más frecuencia, habría que preguntarnos si alguna vez empezamos algo y si lo empezamos de verdad. 

Quizá estamos pasando del intelicidio racional al intelicidio emocional sin darnos cuenta. Tal vez este cáncer, esta entidad enferma ya hizo metástasis en nuestras células hiperconectadas, ecoamigables, hiperdistantes y ecoidiotas. Perdón si hiero sensibilidades hipermodernas pero ninguno de estos conceptos pasado por el filtro de la lucidez se sostiene, denles dos o tres vueltas desde la fiereza de la existencia y verán cómo se desbaratan uno a uno. 

Es que todo lo queremos fácil, ligero. Y para eso la distancia es un gran caldo de cultivo. Por eso la antiamistad en Facebook disfrazada de amistad. Por eso la lejanía de WhatsApp disfrazada de contacto inmediato. 

Por eso los mamarrachos que tenemos por empresarios promueven mensajes del tipo diviértete leyendo veinte minutos al día. 

Leer no siempre es divertido; a veces es doloroso, perturbador, difícil o sí, aburrido. ¿Y qué con ello? ¿Les cae que veinte minutos al día son suficientes para leer? No quiero enterarme de su precocidad amatoria: será de dos o tres minutos, calculo. 

Si seguimos cambiando el sonido de las carcajadas reales por un emoticón de carita feliz, es posible que la vida nos lo cobre con dosis de amargura en soledad. Y lo tendremos bien ganado, por pendejos. Mejor volver a montar al caballo sin silla ni prótesis; mejor volver a ser criaturas que aman de cuerpo presente. 

Mejor tener amigos que se tocan, se abrazan, y a los que ninguna insulsa red social les dice cómo relacionarse y mucho menos cómo quererse.

Autor: Alma Delia Murillo

La misma canción



¿Has oído la misma canción quince o veinte veces seguidas?

¿Has escuchado a Thom Yorke cantar “Lucky” veinte veces seguidas? O cualquier otra.

¿Has oído “No Surprises” cien veces y has perdido alguna vez el hilo, como si te quedaras colgado de alguna pregunta? Y todo eso mientras revisas tu Facebook y mientras ves cómo la gente se comparte y se gusta, pero tú ya no estás con ellos, estás en otra parte, atascado con alguna canción.

¿Y has sentido cómo poco a poco parece que lo sabes todo? Me refiero a saberlo de verdad. Que el dolor es universal. Que la felicidad es un descuido. Y te sientes fantástico porque es la misma canción una y otra vez y por lo tanto puedes sentir diez o doce veces lo mismo.

Y es como tener las sensaciones controladas, igual que en esos laboratorios donde aíslan enfermedades y virus, y puedes reconocerlas y estudiarlas y experimentar con ellas sin perderlas de vista. Como si te pusieras a jugar con la basura en el patio trasero de tu casa. A sentir plenamente el terror y la náusea.

Y todo eso viene de una canción. Una canción repetida cien veces. Una canción que cuando se detiene sientes que de verdad te ha hecho daño. Y estás herido.

¿Has escuchado “Paranoid Android” cien veces seguidas? ¿O “Idioteque”? ¿Sabes de qué mierda estoy hablando?

jueves, 27 de marzo de 2014

Presentación de proyecto





DIPLOMADO 2014

PRESENTACIÓN DE PROYECTO  



Huele a muerte pero ese tufo a cadáver no proviene del libro. Los libros vivirán. Incluso es posible que hoy su salud sea la mejor en mucho tiempo. Porque evolucionar es evitar el fallecimiento, estar renaciendo, un tipo de inmortalidad. Lo que huele a muerto, en cambio, son las catedrales y los templos donde los colocamos. El modelo. El concepto que tuvimos de libro, lo que el viento se llevó.
Entendamos: La humanidad necesita habilitar recursos para recuperar su pasado, no solo histórico sino su bagaje emocional de fracasos, temores, desarraigo, soledad y la fantasía que alimentarán su futuro. Ese bagaje está constituido por historias. Y esas historias hasta ahora han vivido en un soporte: el papel. Pero el libro no es el soporte, el libro son las historias. Y las historias vivirán, se contarán y se reinventarán, transmitiéndose en libros cuyo soporte cada vez sea menos el papel.


Si entendemos eso, si nos metemos en la cabeza que un libro es una unidad creativa y no un soporte, el panorama se clarifica y se simplifica en algún grado, porque así evitamos el manido debate “libro impreso vs. ebook”. En esta visión eso no existe. En esta visión ni siquiera existe el “ebook”, porque llamarlo así implica volver a reducir al libro a un soporte. Lo que existe es el libro en un contexto de concepción, edición, producción y ventas distinto. Lo que existe es el libro en 2014 igual que existió el libro en 1913.

Como se ve en el análisis anterior, se cuentan con una mano las editoriales en el mundo que han intentado evolucionar al vertiginoso ritmo de los dispositivos móviles, las redes sociales y del mundo virtual en general: donde la mayoría pudo haber encontrado una oportunidad única de evolución solo comparable con el nacimiento de la imprenta, vio en cambio una pesada obligación por actualizarse, por digitalizar sus libros y hasta por abrir perfiles en Facebook y Twitter.



Lo entendieron mal y se cegaron. Asumieron que el cambio implicaba solo una reducción de papel y tinta. Enterraron toda posibilidad de ofrecer a los lectores experiencias de lectura sacando el máximo provecho a los recursos de interactividad y multimedia. Se limitaron a convertir su catálogo a formatos compatibles con algunos e-readers, a pasar sus libros a PDF.

Por falta de visión o por analfabetismo digital, ignoraron un mercado con un potencial de innovación y comercialización asombroso. Porque el mundo sigue consumiendo cultura. Porque la música y el cine y la literatura son sublimaciones humanas que van a perdurar. Seguimos sintiendo, seguimos emocionándonos, seguimos contando historias. El soporte, insistimos, es lo único que va a cambiar.
Tal es visión en la que Kleinman Psycho Books se sostiene: libros que son experiencias, lecturas sociales, participativas, interactividad plena. No se trata de editar y publicar un libro, se trata de diseñar emociones, conducir la navegación.


En ese sentido, la experiencia que ofreceremos será integral, desde el aterrizaje en el portal principal, una plataforma digital con un discurso gráfico propio, un “rostro” digital” particular, e innovadores recursos de interactividad, escalando en un futuro cercano a catálogos personalizados para conectar con los autores y donde los usuarios no se perciban como consumidores sino como espectadores inmersos en un mundo alternativo, con posibilidades y toma de decisiones que impacten en el curso de su navegación.